A los indios nativos americanos se les enseñaba que al nacer cada
persona está dotada -por lo menos- con uno de los Cuatro Grandes
Poderes: Sabiduría, Inocencia,
Iluminación o Introspección. El propósito de la existencia espiritual
del ser humano era obtener los Dones restantes y llegar a ser una
persona completa.
Las primeras enseñanzas místicas dadas a los niños
se referían a la percepción y a la ilusión. Un maestro y un grupo de
jóvenes iban a orar y a sentarse en círculo. Cada niño/a describía su
observación de la luz sobre una pluma de un águila colocada en el centro
de un círculo. Descubrían que hay tantos modos de percibir la pluma
como puntos en el círculo. Los niños también aprendían que las
percepciones individuales son mucho más complicadas que sólo la posición
en el círculo y también que podían ver la pluma de una manera distinta
debido a las diferencias individuales en sus sentidos (algunos podían
ser hipermétropes o daltónicos, por ejemplo).
A nivel psicológico,
cada uno veía y se relacionaba con la pluma de forma única. Uno podía
decidir hacer tocados de plumas, otro podía ser alérgico a las plumas y
un tercero podía mostrarse indiferente y poco interesado. Mediante este
simple ejercicio con el círculo, los indios enseñaban a sus niños que
existe un número ilimitado de formas de percibir cualquier cosa. Toda
percepción sensorial es ilusoria. Lo que es importante, no es la
naturaleza real de lo que se percibe, sino el entendimiento de nuestras
percepciones y las de los demás. Este círculo o Rueda de la Medicina,
representa el Universo Total y puede ser entendido como el espejo en el
que la consciencia del ser humano se refleja.
“El Universo es el
Espejo de la Gente y cada persona es un Espejo para otra“, dicen los
viejos maestros. Por ello, cada idea, persona y cosa puede ser vista
como un espejo que da al ser humano la oportunidad de descubrirse a sí
mismo, siempre y cuando éste desee ver su propio reflejo.
Extraido d: Memorias Ancentrales
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